Más allá de la música y los ídolos, el fenómeno coreano construye espacios de encuentro, expresión y pertenencia entre jóvenes platenses que encuentran en el K-pop una puerta hacia otra cultura.
Crucé las puertas del Pasaje Dardo Rocha y lo primero que me impactó fue el contraste en pleno corazón de La Plata: vestidos y atuendos de variadas formas y colores, máscaras llamativas y música en otro idioma entre la arquitectura clásica de las calles 7 y 50.
Un universo visual y auditivo diferente se desplegaba ante mí. Cientos de adolescentes y jóvenes, con cabelleras teñidas de rojo, maquillajes elaborados y vestuarios llamativos, hacían fila pacientemente.
Para una mirada distraída o prejuiciosa, la escena podría reducirse al típico fervor de fans esperando una previa musical antes de un concierto de BTS. Sin embargo, al adentrarme y observar el ambiente, entendí que el K-pop es apenas la excusa.
Una puerta hacia otra cultura
El verdadero fenómeno, al menos desde mi mirada, radica en cómo una generación utiliza la música pop como un puente para acercarse, conocer y desmenuzar una cultura milenaria.
Una joven de 26 años me contó su compromiso con la banda, pero también su curiosidad por conocer más sobre la cultura coreana:
“Vengo de muy lejos, me enteré de todo esto gracias a mi prima que vive en la ciudad. Soy de Tierra del Fuego y viajé días para ver a BTS, pero estamos acá para saber su cultura, de dónde viene, cómo es allá”.
No se trataba solamente de escuchar canciones o esperar la llegada de un grupo musical. Había preguntas, curiosidad y ganas de conocer aquello que existe detrás de las canciones, las coreografías y los ídolos.
Bailar para encontrarse
Agrupación tras agrupación, los grupos subían al escenario con maquillajes minuciosos y un nivel de coordinación que evidenciaba horas de ensayo en plazas, patios y espacios prestados.
Ailén, de 28 años y referente del grupo Late Girl, me lo resumió desde la experiencia de quien encontró en el baile una vocación compartida:
“Me hice fan de BTS en 2018, en 2023 empecé a bailar y el año pasado formamos el grupo. Nos conocimos en un instituto de baile, nos hicimos amigos y probamos, pero nunca pensamos en llegar tan lejos”.
En sus palabras aparece algo que excede a la música. Hay una historia de encuentros, amistades y proyectos compartidos. Hay jóvenes que se conocen, se organizan, ensayan y ocupan un escenario para mostrar aquello que construyeron juntos.
En un presente donde la digitalidad suele marcar buena parte de nuestros modos de vincularnos, esa autogestión cultural adquiere otra dimensión. El encuentro presencial, el ensayo colectivo y el cuerpo puesto en movimiento también son formas de construir comunidad.
Una comunidad que se construye
Para estas juventudes, la música coreana no parece ser un fin en sí mismo, sino el punto de partida para acercarse a otros, intercambiar saberes y conocer una cultura que hasta hace algunos años podía sentirse lejana.
Los saberes se entrecruzan, las identidades se afirman y la comunidad se construye poniendo el cuerpo en cada coreografía.
Mientras una parte de la sociedad todavía mira a los jóvenes como agentes pasivos o los reduce a simples fanáticos, ellos responden desde la organización: ocupan espacios públicos, aprenden, ensayan, crean y comparten.
Quizás ahí esté una de las claves para entender el fenómeno. El K-pop no llega solo a través de una pantalla. También llega a las plazas, a los institutos de baile, a los escenarios y a los espacios culturales. Se transforma cuando quienes lo reciben lo hacen propio.
El K-pop, al final de cuentas, fue solo el pretexto para encontrarse cara a cara.
Si la música puede derribar fronteras, recuperar el abrazo colectivo y construir comunidad en tiempos de aislamiento, bienvenida sea la excusa.
Por: Catalina Ramperez Caldentey (Estudiante FPyCS – UNLP / Programa de prácticas en el portal Medios UNLP)







